Documentados, pero sin ciudadanía

Fuente:  http://www.eldianet.com

Se sienten como “personas estadounidenses”, saben mucho, pero tienen que vivir casi en la clandestinidad, porque por el estudio todo se vale.

LA JOVEN DIANA documenta una de las protestas realizadas por los jóvenes indocumentados que están luchando por la aprobación del Dream Act.  Fotografía:  El Día / José Carrera

LA JOVEN DIANA documenta una de las protestas realizadas por los jóvenes indocumentados que están luchando por la aprobación del Dream Act. Fotografía: El Día / José Carrera

José Carrera
EL DÍA SEMANAL

HOUSTON, TX. — Llegaron a tierras estadounidenses cuando eran niños y aquí se quedaron. Crecieron y entraron a la escuela. Quisieron ser policías o bomberos, para luego ilusionarse con ser doctores, profesores, arquitectos, abogados o antropólogos. Como los demás niños, entendieron que para lograr el éxito académico, tienen que estudiar mucho y tener buena conducta.

En la escuela primaria y luego en la secundaria, entablan amistad con sus compañeros y son tratados como iguales. De repente, muchos de ellos se dan cuenta de una cruda realidad: que son inmigrantes indocumentados. Para algunos esta verdad es desconcertante, ya que siempre pensaron que eran iguales a sus demás compañeros, de que eran ciudadanos americanos.

Un secreto bien guardado
Estos inmigrantes no quieren contar a sus compañeros sobre su situación migratoria y guardan muy bien los secretos y el tema no se les escapa a pesar de que están en la misma aula, estudian en grupo y hasta son amigos. ¿Pero cómo lo logran? “Guardan la verdad porque hablan el inglés perfectamente”, dice César Espinosa, un joven activista que pertenece a la organización Familias Inmigrantes y Estudiantes en la Lucha (FIEL por sus siglas en inglés), y que está muy familiarizado con el tema de los estudiantes indocumentados. Y a esto se agrega “que sus costumbres son americanas, despertaron aquí en su uso de razón y en realidad son americanos de segunda generación”, añade.

“Muchos de estos jóvenes nunca dicen que son indocumentados porque por un lado contarlo es muy doloroso”, comenta Espinosa.
 El factor común entre los indocumentados es que no quieren que las personas equivocadas conozcan sobre su situación migratoria. En el caso de los estudiantes, no lo quieren contarlo porque son estigmatizados por algunos de sus compañeros, temen de que pueden perder sus trabajos o hasta meterse en problemas directos con las autoridades migratorias. “Otros no lo cuentan porque no quieren que le sientan lástima”, asevera el activista.
Diana -quien hace diez años emigró a EE.UU. con su familia “huyendo de la pobreza y la corrupción”, como le gusta decir-, próximamente ingresará a la Universidad de Houston. Dice que algunos de sus compañeros sí saben “de mi status legal (especialmente aquellos en los que más confió). No me avergüenzo de ser indocumentada pero sí prefiero que mucha gente no lo sepa por cuestiones de seguridad. No quisiera que me perjudiquen en mi trabajo. Sé que si alguien quiere hacerme daño a mí o a mi familia, nos destruirían con dándole parte a las autoridades de inmigración”

Durante la lucha
Sin embargo, la situación misma de frustración y a pesar del temor que sienten, algunos se atreven a participar en las protestas y las marchas para lograr conseguir cambios favorables al sistema de las leyes de inmigración. Estando en los actos de protestas, no quieren compartir mucho sobre su información personal, por razones obvias. Cuando en el año 2006 muchos estudiantes de las escuelas secundarias y las universidades salieron a las calles a protestar en contra del proyecto de ley H.R. 4437 (que criminalizaba a los indocumentados), algunos estudiantes que estaban en el liderazgo empezaron a recibir correos electrónicos intimidatorios de parte de los grupos e individuos antiinmigrantes.

 Algunos abandonaron el movimiento estudiantil porque los antiinmigrantes empezaron a llamar a las autoridades migratorias para “informarles” que tales estudiantes estaban como indocumentados en el país. Una estudiante, inclusive, recibió una carta de parte de las autoridades migratorias en la que se le informaba que “le estaban investigando”, comenta Espinosa. En otro caso, la historia de vida de una estudiante indocumentada apareció en un periódico estudiantil, y “aparentemente sus compañeros o profesores racistas llamaron a la migra para delatarla”, añade el activista. Es un ejemplo más y esto explica por qué muchos prefieren el anonimato.

Un contexto de lucha para salir a la luz
Lo cierto es que gracias a la lucha entablada por estos jóvenes y sus aliados, consiguieron años atrás que se les permitan ingresar a la universidad y ahora pelean por la aprobación en el Congreso Federal de la Ley de Desarrollo, Alivio y Educación para Menores Extranjeros (Dream Act, por sus siglas en inglés), que les daría la residencia permanente.

En Texas, de por sí ya hay una ley que cuando se gradúan de la escuela preparatoria, les permite estudiar en las universidades públicas pagando la colegiatura de residente permanente, pero no califican para muchas de las becas o préstamos federales. A diferencia de sus compañeros que tienen la ciudadanía americana, ellos tienen que resignarse a recibir las oportunidades que les ofrecen las universidades estatales.

A portarse bien
En estos meses, cientos de estudiantes como ellos se están preparando para ir a la universidad. Pero muy dentro de ellos, persiste ese temor de que la migra terminará por arrestarlos y deportarlos a los países que conocen muy poco o nada. Otra estudiante, Verónica, y quien también habló extensamente con El Día Semanal, expresó que ella tenía apenas dos años de edad cuando sus padres le trajeron a los Estados Unidos como indocumentada. Ella se “despertó” en este país y aquí ha recibido toda su educación.
Dijo que cuando tenía 13 años ella se estaba portando muy mal en la escuela y un día su hermana mayor le dijo algo que le impactó mucho: “Pórtate bien porque eres indocumentada. Si te portas mal, te van a deportar y más te vale que empieces a ser una buena estudiante”. Al principio ella no entendía muy bien lo que su hermana le estaba diciendo, pero luego lo comprendió. “A partir de ese entonces me dediqué al estudio y me saqué puros A como calificaciones”, expresó la joven.
Cuenta que en vista de que hablaba muy bien el inglés, en unas tres ocasiones fue a México brevemente y regresó a los Estados Unidos sin problemas, pero desde que se enteró de que era indocumentada, ya no se ha animado a hacer lo mismo. Hoy en día sigue siendo una buena estudiante y espera ser aceptada en la Universidad de Texas en Austin o en la Universidad de Houston para estudiar Bioquímica y Pediatría.
Como en el caso de Diana, ella dijo que entre sus compañeros solamente sus amigos íntimos saben sobre su estatus migratorio. “Cuando cuento a las personas más cercanas a mí que yo soy indocumentada, no lo pueden creer”, acotó.

No darse por vencida
Por último, la condición de ser indocumentada le ha hecho sentir derrotada a estudiantes como Diana. “Ha veces que he tenido ganas de no seguir estudiando porque sé que si el Dream Act o una reforma migratoria no pasa, todos mis esfuerzos serían en vano. Me deprimo y se me quitan las ganas de estudiar. Pero mis padres me han enseñado a no darme por vencida; así que me levanto de nuevo, agarro fuerzas y le demuestro a mis compañeros y maestros mis ganas de salir adelante sacando buenos grados”.

¿Y qué pasará a Diana si se gradúa de la universidad y aún no tiene papeles? “Sería parte de las estadísticas de estudiantes que reciben un título universitario y no pueden ejercer su carrera. Todo el esfuerzo y empeño que puse en mi carrera será guardado en un cajón para no ver los frutos de mi carrera. Pero tengo mucha fe que Dios nos va a ayudar y los legisladores van a pasar el Dream Act o una reforma migratoria justa para poder ejercer mi carrera y así contribuir a la economía y al desarrollo de esta gran nación fundada por inmigrantes.
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